Las emociones, las grandes mensajeras
Actualizado: 28 jul
¿Qué sueles hacer cuando aparece una emoción que te resulta incómoda?
Lo más habitual es intentar apartarla. Miramos hacia otro lado, nos distraemos, nos convencemos de que "ya pasará" o hacemos todo lo posible por no sentir aquello que nos duele. Creemos que, si no la miramos, desaparecerá.
Y, durante un tiempo, puede parecer que funciona.

Pero las emociones que no atendemos no desaparecen. Se quedan con nosotros. Se van acumulando, esperando a que les demos un espacio. Hasta que un día el malestar nos desborda y sentimos que ya no sabemos cómo gestionarlo.
Entonces nos preguntamos: ¿por qué me siento así? La respuesta, muchas veces, no está en el presente, sino en todas esas emociones que llevamos tiempo intentando silenciar.
¿Y si las emociones no fueran nuestras enemigas?
¿Y si, en realidad, fueran las grandes mensajeras de nuestro mundo interior?
Nadie nos ha enseñado qué hacer con ellas. Hemos aprendido a evitarlas, a juzgarlas o incluso a sentirnos culpables por experimentarlas. Sin embargo, las emociones existen por una razón. Gracias a ellas hemos sobrevivido como especie y, todavía hoy, siguen guiándonos.
Cada emoción tiene algo importante que contarnos.
La rabia nos habla de nuestros límites. Nos señala que algo o alguien —incluso nosotros mismos— ha cruzado una línea que necesitábamos proteger.
El miedo nos recuerda nuestra necesidad de seguridad. Nos invita a ser prudentes, a valorar los riesgos y a cuidar de nosotros.
La tristeza aparece cuando necesitamos detenernos, despedirnos de algo o reconocer que el camino que estamos recorriendo quizá ya no conecta con nuestra esencia.
Incluso aquellas emociones que más rechazamos tienen una función. Ninguna aparece por casualidad.
Escucharlas no significa dejarnos arrastrar por ellas, sino aprender a comprender qué necesitan decirnos.
Cuando dejamos de luchar contra nuestras emociones y empezamos a observarlas con curiosidad y sin juicio, ocurre algo importante: dejan de ser una amenaza y se convierten en una guía.
Quizá no podamos elegir qué emociones aparecen, pero sí podemos decidir cómo relacionarnos con ellas.
¿Y si, en lugar de darles la espalda, empezáramos a darles un lugar?
¿Y si nos permitiéramos escucharlas antes de intentar hacerlas desaparecer?
Tal vez las emociones nunca fueron el problema. Tal vez el problema fue que nadie nos enseñó a entender su lenguaje.
Hoy te propongo algo sencillo, pero profundamente transformador: la próxima vez que una emoción aparezca, en lugar de apartarla, detente un instante y pregúntale:
¿Qué vienes a contarme?
Quizá la respuesta te acerque un poco más a ti.
Nerea.

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